Archivo de la categoría: Desde un periodista

Había una vez, nuestro circo

El mundo se ha convertido en un circo de tres pistas, de esos que se anuncian en los carteles con elefantes albinos y tiburones blancos montados sobre el hocico de una foca amaestrada, pero que luego solo incluyen algunos monos malcriados y payasos tenebrosos. A ver quién la suelta más gorda, a ver quién la tiene más grande. A ver quién queda mejor en los carteles. Hace unos días, el asesinato a tiros de la presidenta del PP de León, Isabel Carrasco, en mitad de la calle y a plena luz del día, monopolizó el debate público. Un crimen perpetrado con cobardía y crueldad por la nuca, que se llevaba por delante un personaje caciquil, con muchas sombras en su debe, y muchos, quizá demasiados, cargos públicos en su haber. Cabría esperar de una población —entre la que se incluye, por supuesto, la clase política— instalada en el juego democrático, respeto, o cuando menos, prudencia. Pero no. ¿Por qué, pudiendo incendiar los ánimos y conseguir seguidores, pudiendo obtener rédito político de un asesinato, iban algunos a cerrar la inmensa posibilidad de expresión que ofrecen las redes sociales? Haciendo las delicias de fans y secuaces, la incontinencia verbal de unos les llevó a vincular con gozo y sin complejos, el asesinato de Carrasco con los escraches, las sátiras en los medios de comunicación o la incivilizada izquierda radical que se adueña de las manifestaciones y los movimientos sociales. Eso unos. Otros, felices de haberse conocido, decidieron que la muerte de la mujer era algo previsible, justo y necesario. Quien la hace la paga, ya saben. Esas maravillas que se profieren desde bocazas inconscientes, que deben suponer que ellos no han hecho nada nunca para merecer un tiro en la nuca, que los malos son siempre los otros, y que se cargan de razón —de sus razones— para juzgar quién merece y quién no, tres balazos. Pero el asunto no había llegado a su zénit todavía: nada más y nada menos que el Ministro del Interior, envuelto en la bandera de la indignación y único defensor de la decencia, decide que hay que poner coto a las redes sociales para que no acojan indeseables. Y, ¿quiénes son los indeseables, señor Fernández-Díaz? ¿Los que se alegran de la muerte de Isabel Carrasco o los que se la desean a Alberto Garzón? Imagino su respuesta, airada: todos. Pero, llámeme ilusa, no acabo de ver la foto de la caverna política y mediática, esa que arrulla por las noches al Partido Popular, saliendo en tromba a denunciar las hostilidades cibernéticas vertidas sobre la izquierda de este país, o exigiendo con rabia la encarcelación de cuanto gilipollas decida llamar «puta», qué se yo, a Pilar Manjón.

Pero aquí, el que no se apunta al juego de la incontinencia es porque no quiere. Porque tenemos a Cañete, paternalista hasta la seducción, con eso de que debatir con las mujeres es complicado, puesto que, como bien saben todos los hombres de este país, no se puede hacer gala de superioridad intelectual frente a una dama, para no quedar uno de machista, que está mal visto. Y Alicia Sánchez-Camacho, feliz también de haber conocido a Cañete, dice de él que es el «mejor candidato» imaginable. Claro, debe ser que ella, como mujer y como dama, se deja abrumar por la superioridad intelectual del ministro. Imposible resistirse. Y luego, para coronar la semana, el indescriptible debate en el que el antedicho decidió esconder su inteligencia superior y sus poderosos argumentos ante una indefensa y nerviosísima Valenciano. Bien, pues en ese debate, a lo único que asistimos, más allá de la baba colgante de uno, y el flequillo mutante de la otra, fue a la política del arma arrojadiza, que decía Pedro Blanco. Sin referencias a Europa, sin una maldita propuesta constructiva, ni maldita la falta que hace. Un debate compuesto de monólogos huecos, que demostraban que, para ambos, lo único importante es ganar las elecciones — ¿las europeas o las nacionales?—. Y para ello todo vale, desde la herencia recibida hasta el lanzamiento apabullante de consignas, que no propuestas, y eslóganes mediáticos solo aptos para tuits y deleite del electorado embrutecido. Todo páramo, todo yermo, estéril.

Y una ya no sabe dónde meterse, en qué agujero esconder la cabeza para dejar de oír sandeces, para no oír a los que, desde el anonimato de las redes sociales, desean la muerte a todos los políticos; ni tampoco tener que aguantar a quienes, desde la impunidad que proporciona el ejercicio de poder, aseguran que no habríamos de pagar salarios dignos a los jóvenes sin estudios que, y cito textualmente a Mònica Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, «no valen pa na». Y una servidora se desespera, porque no sabe dónde buscar el discurso ágil pero con argumento, con exposición y tranquilidad. Pero qué quieren que les diga, que la gente continúa yendo al circo a pesar de la engañifa de los carteles, y que yo, no desfallezco. Y también les comunico que, como yo, hay muchas personas que confían en que las cosas pueden ir mejor, en que tienen que ir mejor, sin necesidad de balazos. Porque esa gente sabe que la mejoría está en sus manos: los políticos no dejan de ser reflejo de la sociedad que los encumbra, así que, el meollo, depende de nosotros, y eso es, oigan, una gran responsabilidad. La mejora, la asunción de responsabilidades y la implementación de recetas adecuadas. Somos nosotros quienes tenemos que aprender a educarnos en el respeto, la tolerancia y la justicia. Por nosotros y por los que vendrán. El mundo se derrumba, ya saben, pero muchos seguimos empeñados en enamorarnos.

Isabel Villar Hernández

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¿Qué significa esto?

Aunque a algunos se les olvide, el PSOE ha sido un partido bastante progresista en este país. Sin embargo, parece que en España el progresismo cada vez se asocie más al cambio y no al avance. Y, los cambios, son asunto de socialistas. 

Sus primarias, La Ley Aido o la reforma constitucional son las vías democráticas de cambio que ha iniciado este partido, y la muestra de que su práctica progresista ha decaído. Sin embargo, ahora parece que están llevando nuevas iniciativas y, desgraciadamente, no estamos hablando de pasos democráticos des de la oposición, sino de las nuevas elecciones primarias abiertas que está llevando a cabo el Partit Socialista del País Valencià.

Este es el primer experimento en España de elecciones primarias abiertas –previo pago de dos euros–. Pero ¿qué significa esto? Se especula siempre sobre los cambios que se dan desde el interior del partido socialista. Si es algo que beneficia o perjudica al PSOE ya se verá. Será por eso que se piensa que es un ensayo para las primarias que se esperan en noviembre. Otros, sin embargo creen que es una prueba de los problemas de la heterogeneidad de sus militantes, o de las familias, pero si se resuelve democráticamente ¿qué importa?

Parece ser, si tenemos en cuenta des de donde se realiza, que es un modo de estimular el interés de la ciudadanía valenciana y de demostrar el interés del PSPV por su región que lleva 19 años gobernada por el Partido Popular. La desafección política es un problema, pero en Valencia el problema es la afección a la política berlusconiana del PP. Y volvemos a la anterior pregunta, realmente ¿qué significan las primarias, tal vez, un desentono en la política valenciana u otra política para llamar la atención?

Miren, a mi parecer, la política no es lo que se hace o se deja de hacer, sino cómo se hace. Desde luego que la ciudadanía dejó de hacer política, dado que se limita a votar a pesar de muchos medios que tiene, y si la hace, los políticos la desvirtúan. Y la última novedad es que los medios de comunicación no consideran la noticia lo suficientemente importante dado que los candidatos Ximo Puig, y mucho menos, su contrincante, Toni Gaspar, aparecen en los medios convencionales. Está pasando algo importante, y sí es noticia. No intento criticar la fundamentada desafección de los ciudadanos o la agenda de los medios, pero estoy esperando los resultados de cuánta gente votará el próximo 9 de marzo en las urnas de los socialistas valencianos. La gente pide preocupación por la ciudadanía y más democracia, ahora tienen la oportunidad, que no sean cínicos, aunque les cueste dos euros.

Borja Alcarria Borràs

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Sinvergüenza, me llaman a mí

«Turbación del ánimo ocasionada por la conciencia de alguna falta cometida». ¿Saben de lo que les hablo? Problablemente sí: de la vergüenza. La vergüenza entendida como ese ardor que te sube desde los pies hasta la frente y te hace enrojecer. Esos momentos en los que quieres ser otra persona porque tú has hecho algo mal, porque mientes y te han pillado. Porque generalmente la vergüenza surge cuando alguien es consciente de nuestras malas acciones. Aunque claro, siempre hay excepciones, y estoy convencida de que el día que se repartió la vergüenza, los había que no estaban a la cola. Repasemos algunos casos.

Dice Granados que deja la primera línea de la política porque está cansado darle a un botón en el Senado, y de que le esperen en la puerta de su casa periodistas como si fuera la Pantoja. Que él no tiene por qué aguantarlo, que sus decisiones son personales y no están en absoluto vinculadas a supuestos fondos suizos. Que una ya se pregunta, inocente, si no sería más fácil decir que este señor se marcha de la política porque han descubierto una cuenta en Suiza a su nombre, antes que quedar como un macarra en distintos medios de televisión, asegurando algo así como «quién me busque en el PP me va a encontrar». Debe ser que no.

Luego aparece el ministro del Interior, Fernández-Díaz, alzando la sobadísima bandera de la transparencia. ¿Cuál ha sido la gesta? Publicar un vídeo sobre la tragedia que en Ceuta se llevó la vida de 15 personas que intentaban entrar a España el pasado 6 de febrero. Después de mentiras, de contradicciones, y, sobretodo, de 14 días, el ministerio se ha dignado a ofrecer a los medios unas imágenes que ya han sido reclamadas incluso por la justicia. Quizá habría sido más trasparente haber llevado las imágenes al Congreso, en su comparecencia. O, ya puestos, reconocer que no se puede disparar con pelotas de goma a personas a nado, asustadas, en mitad de la noche. Quién sabe.

Y ya por último, tenemos al portavoz del Partido Popular en el Congreso, Alfonso Alonso, al que no se le ocurre otra cosa que asegurar, con total normalidad que si la justicia universal va a desaparecer de nuestro ordenamiento es, precisamente, para evitar «conflictos diplomáticos». Sin sonrojo alguno.

Desde luego, los hay que no tienen vergüenza. En la política y fuera de ella. Y si bien es cierto que los papeles de algunos sinvergüenzas están justificados en el guión, no termina de ser el caso de estos tres, y otros muchos, ejemplos. Así que, señores, no vayan por ahí. Para evitar riesgos, dejémoslo en que la política no es un espacio para demostrar altanería, o no debería serlo. En la política, como en la vida, la vergüenza y el arrepentamiento son grandes aliados cuando se ha actuado mal. Con lo fácil que es entonar un «lo siento, me he equivocado, no volverá a ocurrir». Pero en fin, qué les voy a contar.

Isabel Villar Hernández

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La oposición se planta ante la reforma exprés de la justicia universal

La oposición ha renunciado participar en la votación que ha propuesto el Partido Popular para establecer nuevos límites en la justicia universal. El PP ha sido el único grupo que ha participado en la votación, ya que el resto de diputados se han abstenido; y en el caso concreto de la Izquierda Plural, han abandonado la sala.

Pese a la escasa participación en la votación —179 votos sobre más de 300 diputados presentes—  se ha respaldado la tramitación de la reforma, con el propósito de aprobarla en próximo jueves en el Pleno del Congreso.

La reforma de la jurisdicción universal, regulada en el art.23 de la Ley Orgánica del Poder Judicial, pretende introducir nuevos «requisitos» a las causas actualmente en trámite por la Audiencia Nacional. Uno de los cambios más significativos es limitar las acusaciones en los casos en los que los criminalmente responsables sean españoles o extranjeros nacionalizados tras la comisión de los hechos supuestamente delictivos.

Esta modificación archivaría diferentes causas que se están siendo tramitadas actualmente por juzgados centrales de Instrucción. Entre las causas afectadas encontramos casos tan populares como: la muerte del periodista José Couso en la guerra de Irak, donde se acusa a militares estadounidenses; el asesinato de Ignacio Ellacuría y cuatro jesuitas españoles, a manos de militares salvadoreños; la investigación de altos cargos de Ruanda por la muerte de millones de personas y el asesinato de nueve españoles; la investigación de altos mandos guatemaltecos por delitos de genocidio y torturas cometidas contra la población maya; o las denuncias por casos de ablación genital.

Según han comentado fuentes del Grupo Popular, el Gobierno tiene «prisa» para que esta reforma se apruebe «cuanto antes» porque la regulación vigente de la jurisdicción universal está generando conflictos que afectan «al interés general de los españoles».

Siempre igual

El New York Times ha publicado recientemente un artículo sobre España, esta vez no versaba sobre la creciente pobreza de nuestro país, ni sobre los jóvenes que deben emigrar a otros países europeos en busca de una oportunidad. Esta vez hablaba de algo tan patrio y tan nuestro como la siesta.
Con el pretexto de nuestras supuestas siestas interminables, titulan un artículo sobre nuestro país: «España, la tierra de las 10 de la noche». Parten de un caso concreto, Jorge Rodríguez y sus amigos están viendo un partido de fútbol un miércoles por la noche en un bar. A mí no me parece raro, creo que a ninguno de nosotros nos lo parecería. Pero a ellos sí.
Tenemos un horario diferente, somos conscientes de ello. Solo hace falta salir de viaje, pasarnos por Londres y descubrimos que a las 6 de la tarde están cenando y de camino a casa, y eso pasa en el resto de Europa, al menos en la que va mejor. Los países del sur somos otra historia.
En los últimos meses se planteó el debate sobre si deberíamos cambiar nuestro uso horario y adaptarnos al inglés, que es al que verdaderamente pertenecemos, si Franco no hubiese querido hacerse tan amigo de Hitler y estar en consonancia hasta en la hora. ¿Es realmente factible un cambio horario? ¿Mejoraría eso nuestra productividad?
Considero que un cambio de hora tampoco sería la solución a todos nuestros problemas, aunque algunos lo vendan como la panacea. Pero no estaría de más plantearnos la posibilidad de trabajar en un horario continuado con poco tiempo para comer pero que acorte la jornada laboral considerablemente. Eso permitiría estar antes en casa, poder pasar más tiempo con la familia e incluso cenar un poco más pronto.
El problema es que es una cuestión cultural, nos gusta comer, comer y disfrutarlo, con nuestro café y nuestras conversaciones, y a ver como se consigue eliminar eso de una sociedad. Es misión casi imposible. Es cierto que el clima no ayuda en muchas ocasiones, que no es lo mismo estar en Londres, donde siempre llueve y hace frío, y eso no anima nada a quedarse por la calle durante un tiempo prolongado, que estar aquí, que muchas veces nuestro invierno parece su verano.
Al final parecen todo excusas, excusas que siempre ponemos para justificar que somos menos productivos, y por muchos expertos que nos cuenten historias sobre competitividad y la necesidad de parecernos a los europeos (pero a los buenos), si no tomamos conciencia y el sistema laboral tampoco tiene ganas de adaptarse, nos vamos a quedar igual. Eh, pero siempre nos quedará el turismo de sol y playa.

Carla Mouriño Sapiña.

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A ver si aprendemos

Hay veces que ya no sé que pensar, ya no sé que tipo de país somos, o que tipo queremos ser. Oigo una noticia sobre la expulsión de inmigrantes de Bélgica por suponer una carga para su Estado. Oigo que la tercer mayor cantidad de expulsados corresponde a españoles, después de rumanos y búlgaros. Oigo que es una vergüenza que echen así a ciudadanos europeos, que eso infringe la normativa europea y el espíritu unionista. Oigo decir que los inmigrantes van a trabajar a Bélgica, que porqué los expulsan. Sigo oyendo un debate que a menudo se vuelve contradictorio, y empiezo a pensar.
Hace tan solo diez años, España era la gran superpotencia que iba a arrasar con todo, que no iba a tener rival y que podía compararse con el gigante estadounidense. Los delirios de grandeza de nuestros políticos, sí, delirios, nos condujeron a un agujero negro, pero por aquel entonces nadie pensaba en agujeros, y menos, negros. Como éramos tal superpotencia empezó a llegar gente de muchos países diferentes, buscando en nuestro país una suerte que no tenían en el suyo. Buscaban una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida, haciendo los trabajos que muchos españoles declinaban hacer.
Con el paso del tiempo la comunidad extranjera en nuestro país aumentó, en los pueblos pequeños se hizo frecuento la presencia de nuevas familias y empezaron a surgir las primeras suspicacias. Los sectores más conservadores iniciaron ataques contra los extranjeros con la ya tan célebre frase «nos quitan el trabajo» —porque, recordemos, mientras los que vienen de fuera tengan dinero los recibimos con los brazos abiertos, pero que no vengan pobres que esos sí que nos molestan—. Los inmigrantes tuvieron que sufrir desprecios públicos, acusaciones infundadas y faltas de respeto múltiples. Pero por aquel entonces parecía que se lo merecían, que si éramos ricos nos lo teníamos que quedar todo para nosotros, que como siempre seríamos ricos no necesitábamos ayuda.
Pero la vida es así, y nadie imaginaba, o tal vez tan solo unos pocos que no se atrevieron a acabar con la fiesta, que 10 años después nosotros seríamos los inmigrantes, los que van a otros países a buscar oportunidades, a hacer el trabajo que los otros no quieren, los que piden ayudas sociales en otros países… Ahora nos indignamos por el trato que muchos ingleses, belgas o alemanes tienen contra nosotros. Si nosotros hasta hace nada éramos del grupo, éramos colegas… ¿qué ha pasado? A ver si aprendemos, no seamos tan hipócritas.

Carla Mouriño Sapiña.

Cuesta abajo y sin frenos

Próxima parada: Vodafone Sol. Eso escuché, atónita, la primera vez que mis pies se posaron sobre el metro de Madrid.  No daba crédito. El nombre de una estación de tren, adquirido por una compañía de telefonía. Allí estaba, el logo de Vodafone, eclipsando la mítica parada de la Puerta del Sol, y todo a cambio de un cochino millón de euros. Lo mejor es que este exitoso sistema de publicidad, el naming, ya se ha apeado en Valencia, donde Fabra se frota las manos por ver cuántas empresas contestan a las ofertas para nombrar paradas de nuestro tristemente célebre metro. Y ahora, yo me pregunto, ¿cuántas cosas más vamos a poner a la venta bajo la tiranía del déficit? ¿Qué va a ser lo próximo en salir al escaparate de las rebajas públicas? Todavía no se me ha olvidado la imagen de nuestro presidente autonómico, con el rostro compungido por tener que exterminar RTVV, «porque no llegamos». Y de dónde no hay… pues ya se sabe. Así que, siguiendo esa lógica aplastante de la destrucción, y con la honorable intención de sacar dinero hasta de debajo de las piedras (porque debajo del circuito de Fórmula 1, de las servilletas de Calatrava y de las donaciones a Nicaragua, pues dinero ya no debe quedar mucho) resulta cuanto menos evidente que, si estamos dispuestos a vender nuestra salud, ¿qué más le dará al difuntísimo Colón ceder su nombre a cambio de algo de dinero? Porque, al final, todo se reduce a eso.

A veces pienso en el mundo que legaremos a nuestros descendientes, o supervivientes, a este paso. De seguir por esta inaguantable senda de la austeridad y los apretones de cinturón, ese mundo, paradójicamente, ya no será nuestro. Porque, a todas luces, la obcecada austeridad diluirá los esfuerzos de aquellos que pagaron unas pensiones, una sanidad y una educación públicas en el vasto páramo del libre mercado, sin barreras, sin obstáculos, sin nosotros. Es aquello tan ilustre del «todo para el pueblo, pero sin el pueblo»: el pueblo ya no tendrá déficit, el pueblo tendrá un mercado amplísimo, estaciones de metro donde anunciar empresas y un trozo de tierra para montar un colegio, un hospital o una granja. Pero todos habremos perdido la seguridad que proporciona el colchón público. La seguridad y, no nos engañemos, también los valores. El valor de que no vale todo, la importancia de la protección, la compasión y la solidaridad. En un mundo sin barreras tampoco habrá redes que nos protejan de las caídas: no tendremos la seguridad del colegio público; de unas urgencias universales, ni siquiera el seguro de la historia, el resguardo de que se puede hacer justicia, aunque sea con una mención en el transporte. En ese futuro, solo habrá dinero: no para todos, no de todos. Pero dinero, al fin y al cabo. Será el dinero quien acabe por extinguirnos en esta carrera imposible que no sabemos cómo detener. Próxima parada: Sálvese quien pueda.

Isabel Villar Hernández

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Y quién es él

La nueva ley del aborto aprobada por el ministro Gallardón impone a las mujeres la obligación de ser madres, independientemente de cual sea su voluntad y sus condiciones de vida. La nueva ley no protege al concebido no nacido; más bien coarta a la persona, a la mujer. Pero, en esta situación no cabe más que preguntarse qué pasa con los hombres. Porque, hasta donde yo sé, si ese chavalillo que ha dejado embarazada a una adolescente —ahora incapacitada para decidir libremente si quiere abortar o no—, opta por hacer las maletas e ir a por tabaco, Gallardón no lo perseguirá hasta el infinito con ese discurso constante y lastimero del derecho a la vida de los no natos. De esta situación, las mujeres solo podemos extraer una conclusión: nos toca a nosotras, eternamenta subyugadas por el la obligación materna de debernos a los demás. Si la antigua ley nos dejaba la libertad para decidir, con esta se nos impone una decisión. Pero solo se nos impone a nosotras. Porque somos las mujeres quienes tenemos que cargar eternamente con el peso de servir al resto, de renunciar a nuestra vida en favor de la de los demás.  Gallardón se ha afanado en recordarnos que somos las mujeres quienes debemos asumir el peso de la vida; quienes estamos obligadas, por ley, a renunciar a todo por un embarazo. Los hombres, no. Ellos no tienen la obligación, sino la opción, que es bien distinto. Sobre nosotras recae la lacra del egoísmo y la crueldad si decidimos abortar, si decidimos pasar por el horrible trance de la interrupción del embarazo. Y ahora esa lacra se ha convertido en delito. Pero no para ellos. ¿Por qué nosotras somos diferentes? ¿Por qué yo, como mujer, tengo que asumir la obligación de ser madre, contra mi voluntad? Ah, porque me lo dice un hombre.  Un hombre que ha decidido actuar como un omnipresente Gran Hermano, controlándolo todo, llegando hasta los rincones más íntimos de la vida de las mujeres, legislando sobre nuestro cuerpo, sobre nuestro útero, sobre nuestra libertad. ¿Quién es él para hacerme eso? 

Isabel Villar Hernández

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Un drama

Esto sí que es un drama. Esto sí que es grave. Este fin de semana, como muchos sabréis, han fallecido tres miembros de una familia, la hija más pequeña sigue grave en el hospital, por intoxicación alimentaria. Comían alimentos caducados, comían lo que los vecinos les daban, lo que sobraba, lo que había en los contenedores.
Esta es una de las consecuencias más terribles, por calificarlas de algún modo, de esta crisis que nos ahoga cada día. Miles, sino son millones, de familias en nuestro país, tan avanzado que creíamos que era, se encuentran bajo el umbral de la pobreza. Son madres, padres, abuelos, niños, adolescentes, que están viviendo casi en la miseria. Todo empieza igual: un miembro de la familia se queda en paro, luego viene el otro, pasan los meses y las ayudas del paro se acaban, y entonces viene la nada. El vacío.
Gente que era de clase media, que pagaba un piso, tenía coche y por supuesto, ningún problema para alimentarse y alimentar a sus hijos, se ve abocada a la pobreza, a perder su casa, a ocuparla para tener un techo, a buscar en la basura, a no saber qué llevarse a la boca, pero sobre todo, a no saber qué darles a sus hijos.
No puedo estar más triste, pero tampoco más enfadada, porque los ricos cada vez tienen más y el resto cada vez tenemos menos y esto lo legitiman los poderes públicos. Ya no hablo de partidos políticos, hablo de país, hablo de Estado, que no nos pueden dejar caer así, que no pueden seguir ayudando a los grandes y dejando de lado a los pequeños, que somos mayoría, aunque a veces se les olvida.
Esta familia había solicitado una ayuda que tarda diez meses en llegar, ¿alguien pensó cómo podría sobrevivir esta familia todo este tiempo? ¿alguien piensa en esas dos niñas? ¿y en los padres, luchando para poder alimentarlas? Estamos hablando de comida, ni siquiera de casa, de comida.
Ahora, si la más pequeña sobrevive, si consigue seguir luchando por su vida, a ver cómo le explicamos que todo sigue igual, que este sistema arrollador ha acabado con su familia, y con muchas otras si no lo solucionamos, que los políticos, que en teoría nos representan a todos, siguen sin hacer nada, que siguen echándose la culpa unos a otros, como niños. Esto sí que es un drama. Esto sí que es grave.

Carla Mouriño Sapiña

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Montoro y el dedo acusador

Qúe fácil es ejercitar el tiro de piedra para luego esconder la mano… De hecho, tenemos un ministro que es un auténtico profesional en este majestuoso y tradicional deporte, el deporte de la insinuación. Cristóbal Montoró ha vuelto a enarbolar su arma favorita: su gigantesco dedo acusador. Y ustedes se preguntarán, inquietos, como un chiquillo al que la profesora dedica una mirada siniestra, ¿es a mi?; ¿me dice a mí, señor Montoro? Pero no, pueden respirar tranquilos, de momento. Porque en el objetivo de nuestro ministro esta vez se han cruzado los medios de comunicación, los infames e insoportables grupos comunicativos. ¿Que qué han hecho? La pregunta correcta sería qué no han hecho, porque Montoro los ha acusado de todo: de agresores, morosos, entrometidos… Y todo porque fueron los medios de comunicación quienes, con la espúrea pretensión de «agredir a una Institución del Estado», según nuestro ministro, han decidido destapar y hacerse eco del caso Cemex. En la mente maravillosa de Montoro no cabe que un gran grupo comunicativo quiera ofrecer a sus lectores, oyentes o espectadores el enorme privilegio de la información. En la mente maravillosa de nuestro ministro, la publicación de esta información, una información que dicho sea de paso, compromete enormemente la independencia y la objetividad de la Hacienda Pública, obedece a la intención de presionar al ministro para que este «comprenda» los problemas económicos que atraviesan los grupos comunicativos. O eso dice Montoro. En otras palabras, que como nuestro ministro es inflexible y no perdona ni un euro público, los medios de comunicación, cansados de llorarle en su ministerio, habrían decidido pasar a la acción. Y para que nadie sospeche, Montoro ha dejado claro que son «todos» los medios, independentiemente de su ideología, no vaya alguien a pensar que la Hacienda Pública es un nido de populares.

Y no vamos a entrar en el hecho de que el ministro de Hacienda publique a bombo y platillo unos datos que serían confidenciales, y que en caso de ser constitutivos de delito debería llevar a los tribunales. Pero lo que sí vamos a hacer es recordarle al ministro que acusar en balde está muy feo. E intentar ejercer su poder a través de la amenaza más. Y ya lo hizo con los actores, y con los diputados (no los de sus filas, por supuesto), y con los sindicatos. En definitiva, con todos aquellos que son críticos con las medidas gubernamentales. Porque de Díaz Ferrán, de Bárcenas, de los sobresueldos, de Jaume Matas… Oiga, ni pío.

Sin duda, no estaría mal que cualquier defraudador tuviera que soportar la vergüenza pública de engañar a las arcas, de engañarnos a todos, de quitarnos un pedacito del Estado de Bienestar por su codicia. El problema es que Montoro no acusa con base en este criterio. El criterio de este Damocles tan moderno es la crítica contra el PP. Porque, hasta donde yo sé, la ira de Montoro no se dirige hacia el defraudador per se, veáse sino la larga lista de amnistiados, sino hacia aquel que, defraudador o no, se le ocurre ser crítico con el partido en el gobierno. Así que, no se descuide, que puede ser el siguiente.

Isabel Villar Hernández

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