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Había una vez, nuestro circo

El mundo se ha convertido en un circo de tres pistas, de esos que se anuncian en los carteles con elefantes albinos y tiburones blancos montados sobre el hocico de una foca amaestrada, pero que luego solo incluyen algunos monos malcriados y payasos tenebrosos. A ver quién la suelta más gorda, a ver quién la tiene más grande. A ver quién queda mejor en los carteles. Hace unos días, el asesinato a tiros de la presidenta del PP de León, Isabel Carrasco, en mitad de la calle y a plena luz del día, monopolizó el debate público. Un crimen perpetrado con cobardía y crueldad por la nuca, que se llevaba por delante un personaje caciquil, con muchas sombras en su debe, y muchos, quizá demasiados, cargos públicos en su haber. Cabría esperar de una población —entre la que se incluye, por supuesto, la clase política— instalada en el juego democrático, respeto, o cuando menos, prudencia. Pero no. ¿Por qué, pudiendo incendiar los ánimos y conseguir seguidores, pudiendo obtener rédito político de un asesinato, iban algunos a cerrar la inmensa posibilidad de expresión que ofrecen las redes sociales? Haciendo las delicias de fans y secuaces, la incontinencia verbal de unos les llevó a vincular con gozo y sin complejos, el asesinato de Carrasco con los escraches, las sátiras en los medios de comunicación o la incivilizada izquierda radical que se adueña de las manifestaciones y los movimientos sociales. Eso unos. Otros, felices de haberse conocido, decidieron que la muerte de la mujer era algo previsible, justo y necesario. Quien la hace la paga, ya saben. Esas maravillas que se profieren desde bocazas inconscientes, que deben suponer que ellos no han hecho nada nunca para merecer un tiro en la nuca, que los malos son siempre los otros, y que se cargan de razón —de sus razones— para juzgar quién merece y quién no, tres balazos. Pero el asunto no había llegado a su zénit todavía: nada más y nada menos que el Ministro del Interior, envuelto en la bandera de la indignación y único defensor de la decencia, decide que hay que poner coto a las redes sociales para que no acojan indeseables. Y, ¿quiénes son los indeseables, señor Fernández-Díaz? ¿Los que se alegran de la muerte de Isabel Carrasco o los que se la desean a Alberto Garzón? Imagino su respuesta, airada: todos. Pero, llámeme ilusa, no acabo de ver la foto de la caverna política y mediática, esa que arrulla por las noches al Partido Popular, saliendo en tromba a denunciar las hostilidades cibernéticas vertidas sobre la izquierda de este país, o exigiendo con rabia la encarcelación de cuanto gilipollas decida llamar «puta», qué se yo, a Pilar Manjón.

Pero aquí, el que no se apunta al juego de la incontinencia es porque no quiere. Porque tenemos a Cañete, paternalista hasta la seducción, con eso de que debatir con las mujeres es complicado, puesto que, como bien saben todos los hombres de este país, no se puede hacer gala de superioridad intelectual frente a una dama, para no quedar uno de machista, que está mal visto. Y Alicia Sánchez-Camacho, feliz también de haber conocido a Cañete, dice de él que es el «mejor candidato» imaginable. Claro, debe ser que ella, como mujer y como dama, se deja abrumar por la superioridad intelectual del ministro. Imposible resistirse. Y luego, para coronar la semana, el indescriptible debate en el que el antedicho decidió esconder su inteligencia superior y sus poderosos argumentos ante una indefensa y nerviosísima Valenciano. Bien, pues en ese debate, a lo único que asistimos, más allá de la baba colgante de uno, y el flequillo mutante de la otra, fue a la política del arma arrojadiza, que decía Pedro Blanco. Sin referencias a Europa, sin una maldita propuesta constructiva, ni maldita la falta que hace. Un debate compuesto de monólogos huecos, que demostraban que, para ambos, lo único importante es ganar las elecciones — ¿las europeas o las nacionales?—. Y para ello todo vale, desde la herencia recibida hasta el lanzamiento apabullante de consignas, que no propuestas, y eslóganes mediáticos solo aptos para tuits y deleite del electorado embrutecido. Todo páramo, todo yermo, estéril.

Y una ya no sabe dónde meterse, en qué agujero esconder la cabeza para dejar de oír sandeces, para no oír a los que, desde el anonimato de las redes sociales, desean la muerte a todos los políticos; ni tampoco tener que aguantar a quienes, desde la impunidad que proporciona el ejercicio de poder, aseguran que no habríamos de pagar salarios dignos a los jóvenes sin estudios que, y cito textualmente a Mònica Oriol, presidenta del Círculo de Empresarios, «no valen pa na». Y una servidora se desespera, porque no sabe dónde buscar el discurso ágil pero con argumento, con exposición y tranquilidad. Pero qué quieren que les diga, que la gente continúa yendo al circo a pesar de la engañifa de los carteles, y que yo, no desfallezco. Y también les comunico que, como yo, hay muchas personas que confían en que las cosas pueden ir mejor, en que tienen que ir mejor, sin necesidad de balazos. Porque esa gente sabe que la mejoría está en sus manos: los políticos no dejan de ser reflejo de la sociedad que los encumbra, así que, el meollo, depende de nosotros, y eso es, oigan, una gran responsabilidad. La mejora, la asunción de responsabilidades y la implementación de recetas adecuadas. Somos nosotros quienes tenemos que aprender a educarnos en el respeto, la tolerancia y la justicia. Por nosotros y por los que vendrán. El mundo se derrumba, ya saben, pero muchos seguimos empeñados en enamorarnos.

Isabel Villar Hernández

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